24.07.08

En la muerte de mi madre, por monseñor Demetrio Fernández


También los obispos tienen madre, gracias a Dios. Han venido al mundo como fruto del amor de unos padres, santificados por el sacramento del matrimonio, sobre el que se ha construido una familia cristiana. Doy gracias a Dios por haberme dado la vida en el seno de una familia cristiana.

En ella he nacido, he crecido, he aprendido a amar y a sufrir, he visto buenos ejemplos, he recibido prudentes consejos y oportunas correcciones, he compartido momentos de felicidad y de dolor. Mis padres y mis hermanos son un capítulo fundamental en mi vida personal.

Pues en esa zona de mi vida, la vida familiar, la muerte de mi madre ocurrida el pasado 12 de julio es un acontecimiento importante que quiero compartir hoy con todos vosotros, queridos diocesanos. Lo hago con emoción, con gratitud a Dios y con gratitud a todos vosotros.

Doy gracias a Dios porque me ha concedido poder atender a mi madre hasta su último día en la tierra, y espero encontrarme con ella, con mi padre y con mis seres queridos de nuevo en el cielo. Desde que murió mi padre, hace 17 años, mi madre vino a vivir conmigo. Yo había vivido hasta ese momento con plena libertad el ministerio sacerdotal, entregado de lleno a las tareas que se me habían encomendado, sin horarios y sin ningún otro cuidado añadido. Pero al morir mi padre, comprendí que Dios quería que atendiera también a mi madre, y la traje a vivir conmigo. En muchos momentos he tenido que armonizar estas dos obligaciones: atender el ministerio como tarea primordial y cuidar de mi madre, como gesto de gratitud y de piedad, que agrada a Dios.

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07.07.08

Sin Dios, el hombre no tiene futuro (por Mons. Demetrio Fernández)


Se quiere construir una sociedad sin Dios, y sin Dios el hombre no tiene futuro. Dios es el futuro de nuestra vida, a nivel personal y a nivel social. Si quitamos a Dios de la existencia humana, el hombre se queda sin horizonte. El hombre sin Dios queda amputado en una de sus principales dimensiones, la dimensión religiosa. Esta dimensión religiosa del hombre no se reduce a la esfera privada de la conciencia, sino que por la propia naturaleza humana tiende a expresarse y a vivirse en sociedad.

Dios no es enemigo del hombre. Dios no estorba para el progreso y para la felicidad del hombre. Dios ha sido y seguirá siendo el principal factor de transformación de la sociedad, de respeto al ser humano, de promoción de sus derechos, de fomento de la convivencia. La religión no ha sido, como tantas veces se nos quiere hacer ver, la causa de los enfrentamientos a lo largo de la historia. Cuando el hombre deja de ser religioso, no por eso cesan las guerras y las ambiciones, sino que por el contrario se multiplican. La historia demuestra que cuando el hombre se acerca a Dios, se hace más capaz de crear una convivencia pacífica entre todos.

Oímos continuamente proclamas en contra de Dios y de la religión, y al hacer estas proclamas, se sueña con un progreso que traerá la paz y la felicidad para todos. Pero junto a estas proclamas y como una consecuencia de las mismas, se anuncia el aborto sin medida, la eutanasia legalizada y otros “progresos” que no respetan los derechos fundamentales del hombre.

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26.06.08

La dimensión religiosa y la sana laicidad, por Monseñor García-Gasco


La Iglesia Católica defiende la sana laicidad, que nada tiene que ver con la confesionalidad del Estado ni tampoco con el laicismo radical y excluyente que, de forma diáfana o con ciertos camuflajes, se presenta actualmente en España, y también en otros países de tradición y mayoría cristiana.

No hay contraposición entre una visión de la vida enraizada firmemente en la dimensión religiosa y un orden social respetuoso con la dignidad y los derechos de la persona. Así lo ha recordado Benedicto XVI ante las Naciones Unidas, en su reciente viaje pastoral a los Estados Unidos. Las personas y las sociedades tenemos libertad para hacer un buen o un mal uso de nuestra religiosidad, pero una recta comprensión de lo que Dios pide al creyente ayuda a construir una sociedad digna del hombre y de sus derechos.

El Santo Padre ha manifestado con claridad que el reconocimiento del valor trascendente de todo hombre y de toda mujer favorece la conversión del corazón, lleva al compromiso de resistir a la violencia, al terrorismo y a la guerra, y de promover la justicia y la paz. La verdadera conversión, además, proporciona el contexto apropiado para el diálogo interreligioso, que las Naciones Unidas están llamadas a apoyar, del mismo modo que fomentan el diálogo en otros campos de la actividad humana.

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23.06.08

EpC y objeción de conciencia, por Mons. López Hernández


Con el nombre de Educación para la Ciudadanía estableció la Ley Orgánica de Educación del año 2006 una nueva asignatura obligatoria para todos los alumnos de educación primaria, secundaria y bachillerato. En el Preámbulo de dicha Ley se concede a esta enseñanza un lugar muy destacado en el conjunto de las actividades educativas y se le asigna la finalidad de ofrecer a todos los alumnos un espacio de reflexión, análisis y estudio acerca de las características fundamentales y el funcionamiento de un régimen democrático, de los principios y derechos establecidos en la Constitución española y en los Tratados internacionales sobre derechos humanos, así como de los valores comunes que constituyen el sustrato de la ciudadanía democrática.

Una enseñanza así concebida se viene impartiendo de forma pacífica en otros países de la Unión Europea y no suscitaría objeción alguna, pues se podría estimar en principio ajustada a lo establecido en el artículo 27.2 de la Constitución española: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”. En orden al cumplimiento de esta finalidad, se reconoce en el art. 27.5 a los poderes públicos la “programación general de la enseñanza, con participación de todos los sectores afectados”. En consecuencia, estimo que no puede negarse razonablemente a la Administración educativa la facultad de establecer, incluso con carácter obligatorio para todos los alumnos, una enseñanza ética acorde con estos principios, pues la dimensión ética está necesariamente implícita en toda educación.

Pero la Constitución delimita un marco normativo en el cual la formación ética no es competencia exclusiva ni preferente del Estado. Sus normas relativas a los derechos fundamentales deben ser interpretadas en conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos, que establece en su art. 26: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. De forma más clara y explicita nuestra Constitución determina en el art. 27. 3. que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.”

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10.06.08

Educación para la ciudadanía y Religión por Mons. Sánchez González


Queridos diocesanos:

Con el comienzo del nuevo curso empieza a ser también obligatoria en todos los centros, también en Castilla-La Mancha, la nueva asignatura denominada “Educación para la Ciudadanía”

Es de sobra conocida la actitud de los Obispos españoles, y de otras muchas personas, entre ellas numerosos padres y determinadas organizaciones, frente a la imposición de esta asignatura por parte del Gobierno con carácter obligatorio. Las razones de nuestro desacuerdo no son porque nos molesten, como alguien ha sugerido, ni la educación ni la ciudadanía. Al contrario, porque tarea fundamental de la Iglesia es la educación de honrados ciudadanos y de buenos cristianos.

Tenemos también el máximo interés por determinados contenidos, como los derechos humanos, valores, principios, derechos y obligaciones como la educación en el respeto, la igualdad en dignidad y derechos de las personas, la solidaridad, la educación para la paz, etc. Trabajamos en ello.

Pero estamos en desacuerdo con determinados contenidos de esta Ley y de los decretos que la desarrollan. Entrarán necesariamente en conflicto con las convicciones, la fe y la moral de los católicos, campos en el que no puede entrar el Estado. No estamos de acuerdo con el método ni con determinados objetivos, ni con algunos criterios de evaluación. Menos aún, con su filosofía y la concepción, por ejemplo, de horizonte cerrado a la trascendencia, de relativismo y de ideología de género, que subyacen a esta ley.

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